Preludio

 


 


AÑO 2081

 
“Posiblemente, este es el final del camino”, susurró. El tren reducía la velocidad mientras los segundos pasaban. A lo lejos, se divisaba una pequeña estación pintada en tonos azul claro, con un letrero que decía "Bienvenido". Esa era la estación, no muy singular ni especial: la estación Yok 89-B, ubicada en el límite de la Gran Frontera.

Hace cincuenta años, este desierto fue un pueblo inmensamente rico, la cuna de grandes mercaderes y donde se forjaban las mejores armas para cazadores. El nombre del pueblo era Yok, bautizado así en honor a su fundador, Moa Yok.

Sin embargo, tras la Batalla de los 30 Días entre los humanos y los reptiles, Yok se convirtió en un desierto donde no crece ni el más pequeño arbusto. Es una tierra de nadie, plagada de ruinas y con un característico olor a óxido y desechos.

Aun así, muchos rumores se esparcieron sobre Yok. El más persistente y reconocido es que, bajo el desierto y las ruinas, se oculta una ciudad secreta.

"Justo como lo pensé", dijo Riddle mientras miraba hacia el cielo. "Han sido 14 horas de viaje. Espero no tener que hacer esto de nuevo". Riddle era un reconocido cazarecompensas de la metrópolis Alpha C y se había embarcado en la expedición más sorprendente de su vida. Junto a él viajaba su compañero, I-17, un humanoide fabricado en Alpha C por la compañía CORD, líder en innovación tecnológica.

—Oye, Riddle, guarda un poco de emoción. Puede que el viaje sea lo de menos —dijo I-17 con un tono burlón.

Riddle miró a I-17 y dejó escapar un suspiro. Era cierto, el viaje solo era el preludio de algo más grande, algo que ni él ni su compañero podían anticipar. A medida que el tren se acercaba a la estación, el cazarecompensas comenzó a notar las grietas y el desgaste en la pintura azul. Las letras del letrero "Bienvenido" estaban descoloridas y apenas legibles.

El tren se detuvo por completo, y un silencio incómodo llenó el aire. Riddle se levantó de su asiento y se dirigió a la puerta, seguido de I-17. Al salir, un viento cálido y seco los recibió, levantando polvo y pequeñas partículas de óxido. El cazarecompensas se llevó la mano al cinturón, donde descansaba su pistola de plasma. Una herramienta indispensable en sus viajes, pero que en aquel momento le recordaba cuán lejos estaba de casa.

—Los sensores detectan que hay actividad a 300 metros de aquí —informó I-17 mientras su visor ocular emitía un débil resplandor azul—. Podría ser un vehículo o algo más.

Riddle asintió, sin sorprenderse. Sabía que no serían los únicos interesados en descubrir los secretos que ocultaba Yok. En los años recientes, la leyenda de la ciudad oculta había atraído a toda clase de exploradores, mercenarios y buscadores de tesoros. Pero Riddle tenía una ventaja: poseía un mapa fragmentado, uno de los pocos vestigios que apuntaban hacia la entrada secreta.

—Mantente alerta —dijo Riddle mientras se encaminaban hacia las ruinas de lo que alguna vez fue la calle principal del pueblo—. No quiero sorpresas.

El terreno era traicionero, con restos de edificios derrumbados y postes de energía oxidada que sobresalían del suelo como esqueletos de una civilización olvidada. Conforme avanzaban, I-17 se detuvo de repente y levantó la mano.

—Movimiento. Dos figuras a las 11 en punto.

Riddle enfocó la mirada. A través del polvillo que flotaba en el aire, distinguió dos sombras que se movían con cautela, probablemente armadas. Bajó el tono de su voz al susurrar:

—¿Piratas?

—Probablemente —respondió I-17—. La señal de uno de ellos coincide con los perfiles de la Hermandad de Kharuk.

La Hermandad de Kharuk era una facción conocida por saquear ruinas y vender artefactos en el mercado negro. En muchas ocasiones, no dejaban testigos.

—Prepárate —ordenó Riddle mientras desenfundaba su pistola de plasma—. No vinimos hasta aquí para ser emboscados.

Los pasos de las sombras se acercaron, y por un momento, todo se detuvo. El viento dejó de soplar, y el mundo pareció contener la respiración. Riddle miró a su compañero y asintió. Fue entonces cuando dio un paso al frente, apretando su arma, listo para enfrentar cualquier cosa que el desierto le lanzara.

"Oye, Riddle, mamá está orgullosa de ti. No te preocupes, mi niño, en este mundo tú eres mi mayor tesoro". La voz de su madre resonaba en su mente, un eco distante que lo anclaba a su humanidad mientras apuntaba su pistola de plasma hacia las dos figuras que emergían de las polvorienta calle. El reflejo de su arma proyectaba destellos sobre su rostro, revelando una expresión decidida pero también llena de cautela. A su lado, I-17 preparaba su rayo FVz1, un arma capaz de reducir una pequeña casa a escombros en cuestión de segundos.

Un silencio opresivo se adueñó del lugar. No había viento, solo la quietud de un entorno que había olvidado lo que era la vida. Hasta que, finalmente, un murmullo cortó la tensión.

—Espera —dijo Riddle, bajando ligeramente su pistola sin perder la compostura.

Las figuras, ahora más visibles, resultaron ser humanoides averiados. Sus cuerpos metálicos estaban desgastados, cubiertos de arañazos y óxido, como si hubieran vagado durante años sin mantenimiento. Cargaban sobre sus espaldas el cuerpo sin vida de un hombre, un pirata. Al notar la presencia de Riddle e I-17, los humanoides se detuvieron y, con un movimiento mecánico de sus cabezas, pronunciaron una única palabra:

—Salem.

I-17, respondiendo con la misma formalidad, avanzó un par de pasos y correspondió al saludo con un leve gesto de la cabeza.

—¿De dónde vienen, y qué hacen con el cuerpo de ese pirata? —preguntó I-17, su tono preciso y neutral, aunque sus circuitos de reconocimiento trabajaban a máxima capacidad para identificar las amenazas.

—Nuestro amo... —comenzó uno de los humanoides, su voz distorsionada por años de uso y deterioro—. Nuestro amo era Vairh, el segundo al mando de la Hermandad de Kharuk. Hace once días llegamos a estas tierras en busca de la ciudad oculta, pero solo encontramos destrucción. Todos han muerto. Incluso nuestro amo, que sucumbió a sus heridas hace un par de días.

Riddle no bajó su arma. Su mirada se endureció mientras procesaba la información. La Hermandad de Kharuk era conocida por ser una fuerza implacable; si alguien había logrado derrotarlos, entonces no estaban lidiando con simples rumores.

—¿Quién fue capaz de acabar con Kharuk y sus hombres? —inquirió Riddle, su voz tensa. Era una pregunta crucial; la respuesta podría significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Los humanoides intercambiaron miradas fugaces, como si sopesaran la veracidad de lo que estaban a punto de decir. Uno de ellos, con un tono que transmitía un miedo latente, respondió:

—Las sombras... y sus gusanos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Riddle. Recordaba historias de los “gusanos” en las leyendas de Yok. Criaturas que se movían bajo la arena, como si el propio desierto tuviera vida. Eran el eco de una fuerza antigua, que muchos creían extinta. Los registros de la Gran Biblioteca en Alpha C hablaban de ellos como depredadores subterráneos, pero también como algo mucho más siniestro: guardianes de la ciudad oculta.

—¿Las sombras? —repitió Riddle en voz baja, intentando comprender el alcance de lo que los humanoides acababan de revelar—. ¿Qué son exactamente?

Los humanoides se quedaron en silencio por un momento, como si deliberaran si debía conocer la verdad. Finalmente, uno de ellos habló:

—Son seres que se desplazan entre las dimensiones, criaturas que surgieron después de la Batalla de los 30 Días. Despertaron cuando las tierras de Yok fueron arrasadas. Ahora cazan a quienes se atreven a acercarse a la ciudad oculta.

I-17 procesó la información con rapidez y se volvió hacia Riddle.

—Debemos tomar una decisión. Hay un 67% de probabilidad de que las sombras nos estén observando en este momento.

Riddle asintió, sin apartar la vista de los humanoides. Sabía que había llegado demasiado lejos para retroceder ahora. La ciudad oculta estaba más cerca que nunca, y con ella, la respuesta a los misterios que habían plagado su mente durante años.

—Llévennos a donde Vairh hizo su último campamento —ordenó Riddle, decidido—. Si vamos a enfrentar a las sombras, necesitamos saber cómo hacerlo.

Los humanoides asintieron, sin embargo pidieron un momento para enterrar aquel frío cuerpo. Riddle guardó su pistola, pero mantuvo la mano cerca del arma. No sabía qué le esperaba en las ruinas de Yok, pero una cosa era segura: este era solo el principio de algo mucho más grande.


 

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